El metro Santa Lucia, en Santiago, fue decorado con azulejos por un artista portugués, Rogelio R. Llenó los muros bajos de baldosas en tonos azules y pinto los altos de azul piedra. Pero en los muros altos que dan hacia el riel, al poniente de la plataforma de acceso, pintó diez o doce escenas, que además se pueden observar en miniatura frente a la baranda que da a las vías. En la segunda escena a mano izquierda pinto un joven, sin cabellos, con el cuello largo y un cuerpo menudo, andrógino. Con él, Rogelio tuvo un amorío, muy corto, cálido, en su momento terrible. Y no pudo borrarlo de su obra, pues los azulejos ya habían sido enviados a Chile, y no estaba dispuesto a arriesgar su relación con el Metropolitano de Lisboa. No pudo seguir junto a él porque vivía apurado por terminar el día, por terminarlo con decencia. Sin angustia. O con la menos posible. Porque para él todo significa que era menos de lo que creía. Rogelio no necesitaba terminar el día con urgencia. Pero su amante, con su revisión repetida de cuentas y plazos y la forma insistente cómo se comparaba con el resto, le quitaban las energía muy temprano, antes de su primer cigarro. Cada día antes de ponerse a trabajar ya estaba abatido y apretando los dientes, deseando que llegaran la tarde para poder volver a refugiarse. Y claro, no quería sexo. Solo que lo abrazara como un padre abraza a sus hijos, con afán de protección, con ese pequeño rezo que se repite una y otra vez y que solo pide que por dios, que no les pase nada. Rogelio ya había vivido solo algunos años, y sabía muy bien que no quería ser padre de nadie. Quizás de su propio padre, nada más. No lo pudo borrar de su obra, pero lo mandó a la mierda. A Santiago. Ahí se quedaría su recuerdo de chico sensible, su enfermedad de espíritu. Rápido, Rogelio siguió con su vida. La verdad es que no había pasado nada relevante. Respecto del joven, no es difícil de imaginar que pasó cuando se ve la ilusión que refleja su mirada en el Metro Santa Lucia.
marzo 09, 2007
Nº 2
El metro Santa Lucia, en Santiago, fue decorado con azulejos por un artista portugués, Rogelio R. Llenó los muros bajos de baldosas en tonos azules y pinto los altos de azul piedra. Pero en los muros altos que dan hacia el riel, al poniente de la plataforma de acceso, pintó diez o doce escenas, que además se pueden observar en miniatura frente a la baranda que da a las vías. En la segunda escena a mano izquierda pinto un joven, sin cabellos, con el cuello largo y un cuerpo menudo, andrógino. Con él, Rogelio tuvo un amorío, muy corto, cálido, en su momento terrible. Y no pudo borrarlo de su obra, pues los azulejos ya habían sido enviados a Chile, y no estaba dispuesto a arriesgar su relación con el Metropolitano de Lisboa. No pudo seguir junto a él porque vivía apurado por terminar el día, por terminarlo con decencia. Sin angustia. O con la menos posible. Porque para él todo significa que era menos de lo que creía. Rogelio no necesitaba terminar el día con urgencia. Pero su amante, con su revisión repetida de cuentas y plazos y la forma insistente cómo se comparaba con el resto, le quitaban las energía muy temprano, antes de su primer cigarro. Cada día antes de ponerse a trabajar ya estaba abatido y apretando los dientes, deseando que llegaran la tarde para poder volver a refugiarse. Y claro, no quería sexo. Solo que lo abrazara como un padre abraza a sus hijos, con afán de protección, con ese pequeño rezo que se repite una y otra vez y que solo pide que por dios, que no les pase nada. Rogelio ya había vivido solo algunos años, y sabía muy bien que no quería ser padre de nadie. Quizás de su propio padre, nada más. No lo pudo borrar de su obra, pero lo mandó a la mierda. A Santiago. Ahí se quedaría su recuerdo de chico sensible, su enfermedad de espíritu. Rápido, Rogelio siguió con su vida. La verdad es que no había pasado nada relevante. Respecto del joven, no es difícil de imaginar que pasó cuando se ve la ilusión que refleja su mirada en el Metro Santa Lucia.
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4 comentarios:
BIEN CRISOSTOMO!!!!
Vamos rompiendo el pudor, uno detrás de otro.
Se refleja en el relato la mirada del joven andrógino, se ve también (como me gusta decir respecto de algunos que conocemos) la tetraplejia emocional del Lisboeta Rogelio, ese abandono o miedo del que piensa o siente.
Ya sabes, los tontos son felices o por lo menos los que tienen pocas expectativas, asi asi...
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Me da pena don Rogelio y más pena el joven, desdichado y angustiado, sin ganas de coger.
Me imaginé a un padre de familia santiaguino, angustiado, competitivo, arribista y endeudado, sin ganas de cogerse a esa ex diosa popular que hoy ya no hace sonar su boca de amor y calentura, sino que engorda mientras cría a sus hijos.
oye, no se si te diste cuenta, pero este post fue inspiración para un par más que se han escrito por estos días.
de hecho mi ultima entrada originalmente estaba en Lisboa pero creo que quedó mejor en Stgo
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