Tomar un taxi no fue fácil. En el aeropuerto de Santiago, estos solían ser autos japoneses relativamente pequeños, y aunque su lienzo cabía, varios se negaron a llevarlo. Después de tres horas en el avión y otras tantas en espera, Rogelio se preguntaba por qué le había traído ese lienzo a Del Valle. Era verdad que el algodón brasileño era más blanco, pero la diferencia era mínima para la molestia. Lía además, no ayudaba con su equipaje chillón y su exagerado entusiasmo.
-"Lía calla. Solo se trata de un aeropuerto."-
No sabia bien que había sentido cuando se subió al avión. Miedo o asombro. Probablemente más asombro. Al menos esta vez estaba un poco más tranquilo, después de que un amigo le había explicado que las alas de un avión no se pueden caer cuando en ellas están los motores, pues como son ellos los que dan impulso, son las alas las que sostienen al cilindro y no al revés.
Santiago de Chile no era un destino que hubiese elegido. Sabía que se trataba de una ciudad de la que la gente no trata de escapar, pero que a los extranjeros no les ofrece mucho más que dinero. Quizás, si tenía suerte, podría ver la cordillera de los Andes un amanecer después de la lluvia.
Antes, en el avión, Lía se había enfadado cuando le dijo que no quería tener sexo. Rogelio no comprendía el afán aquel por aparearse en el baño de un avión: no tenía vista, olía a químico para mierda, a veces incluso a mierda, y no había espacio. Lía le molestaba. Sabía que tenia que estar en buenos términos con ella, había intermediado sus últimas tres obras, y el último par de años había podido vivir bien, pero con ella al costado. Era bella, ligeramente cínica, y cuando se aburría lo primero que pensaba era en como conseguir un orgasmo. Pero absorbía al resto de la gente sólo mientras le resultaban útiles. Era egoísta, no porque no quisiera compartir, sino porque en el fondo, lo único que le preocupaba era ella misma. Ella era su cordyceps myrmecophila. Él, a su lado, se sentía como hormiga en peligro. Los había visto un par de días antes, en el Discovery Channel. Las esporas de estos hongos se alojan en el cerebro de las hormigas. Una vez ahí, atacan su equilibro. Entonces, las hormigas se aferran al lugar donde estén con sus mandíbulas. Nunca más se sueltan. Una vez paralizadas, el cordyceps se alimenta se su cerebro, florece desde su nuca y puede llegar a medir cinco veces su largo. Florecido, se ve un tallo delgado que parte de la nuca y termina en una pequeña bola ligeramente más gruesa que. De esa bola se liberan las esporas que continúan el ciclo.
Llegar a la casa de Del Valle fue rápido. Era tarde y Santiago se veía agotada, pero limpia. Una vez adentro, y pronunciados los saludos de rigor, cruzó su mirada con Del Valle, quien con disimulo apuntó a la pieza contigua con su cabeza. Habían bajado su esposa y sus hijas, quienes interrogaban a Lía acerca de su viaje y de los amigos que había dejado en Sao Paulo. Una vez en la pieza contigua, Del Valle golpeó a Rogelio con una risotada, y cerrando un ojo le dijo que se había equivocado al preparar dos habitaciones para sus invitados. Rogelio sonrió forzadamente, con una mueca que Del Valle comprendió inmediatamente.
La mayor de las hijas de Del Valle se llamaba Ema. Era una chica menuda, no muy alta, y con cabello negro, rizado y abundante. Tenía poco más de 25 años y, como su padre, pintaba. Estaban preparando juntos un proyecto para presentar en la Bienal de Arte, así que Ema se estaba quedando en la casa materna por algunas semanas. Al entrar, Rogelio no se había fijado en ella, pero al volver al living junto a Del Valle, después de haberle entregado su lienzo y haberse puesto al día de sus respectivos proyectos, la vio, mientras ella mirando a Lía, enredaba el dedo índice en sus cabellos con la cabeza ligeramente torcida. Su cuerpo le pareció impresionante. Las manchas de pintura que llevaba en su overol fueron lo que le hizo poner atención. Eran rítmicas, y bajaban de su cintura a sus rodillas, como si tras cada pincelada necesitara mancharse con el pincel. Como si trabajando, sintiera ansias por enmarcar sus genitales.
Pasaron al comedor. Aurora, la esposa de Del Valle, en su apuro, había olvidado que sus invitados cenarían en casa, por lo que había pedido un par de pizzas. Entre el vino y la conversación, pronto notaron que Rogelio estaba cansado. Aurora, una abogada mediocre de familia rica, trabajaba en el Ministerio de Cultura y estaba muy preocupada de que Lía le contara cual era su agenda para los próximos días. Lía, despreocupada, en vez de responderle, interrogaba a Ema acerca del proyecto en el que trabajaba con su padre. Rogelio de excusó y se fue a su habitación. Estaba cansado y triste. Y se sentía mal por haber despreciado a Lía en el avión.
Un par de horas después, cuando estaban ya todos durmiendo, Rogelio abrió con cuidado la puerta de la habitación de Lía. Se sentía solo, y quería compensarla por lo del avión. Pero Lía no estaba sola. Ema se le había adelantado, y ya no había espacio en la cama.
