abril 18, 2007

Nº5

Tomar un taxi no fue fácil. En el aeropuerto de Santiago, estos solían ser autos japoneses relativamente pequeños, y aunque su lienzo cabía, varios se negaron a llevarlo. Después de tres horas en el avión y otras tantas en espera, Rogelio se preguntaba por qué le había traído ese lienzo a Del Valle. Era verdad que el algodón brasileño era más blanco, pero la diferencia era mínima para la molestia. Lía además, no ayudaba con su equipaje chillón y su exagerado entusiasmo. -"Lía calla. Solo se trata de un aeropuerto."- No sabia bien que había sentido cuando se subió al avión. Miedo o asombro. Probablemente más asombro. Al menos esta vez estaba un poco más tranquilo, después de que un amigo le había explicado que las alas de un avión no se pueden caer cuando en ellas están los motores, pues como son ellos los que dan impulso, son las alas las que sostienen al cilindro y no al revés. Santiago de Chile no era un destino que hubiese elegido. Sabía que se trataba de una ciudad de la que la gente no trata de escapar, pero que a los extranjeros no les ofrece mucho más que dinero. Quizás, si tenía suerte, podría ver la cordillera de los Andes un amanecer después de la lluvia. Antes, en el avión, Lía se había enfadado cuando le dijo que no quería tener sexo. Rogelio no comprendía el afán aquel por aparearse en el baño de un avión: no tenía vista, olía a químico para mierda, a veces incluso a mierda, y no había espacio. Lía le molestaba. Sabía que tenia que estar en buenos términos con ella, había intermediado sus últimas tres obras, y el último par de años había podido vivir bien, pero con ella al costado. Era bella, ligeramente cínica, y cuando se aburría lo primero que pensaba era en como conseguir un orgasmo. Pero absorbía al resto de la gente sólo mientras le resultaban útiles. Era egoísta, no porque no quisiera compartir, sino porque en el fondo, lo único que le preocupaba era ella misma. Ella era su cordyceps myrmecophila. Él, a su lado, se sentía como hormiga en peligro. Los había visto un par de días antes, en el Discovery Channel. Las esporas de estos hongos se alojan en el cerebro de las hormigas. Una vez ahí, atacan su equilibro. Entonces, las hormigas se aferran al lugar donde estén con sus mandíbulas. Nunca más se sueltan. Una vez paralizadas, el cordyceps se alimenta se su cerebro, florece desde su nuca y puede llegar a medir cinco veces su largo. Florecido, se ve un tallo delgado que parte de la nuca y termina en una pequeña bola ligeramente más gruesa que. De esa bola se liberan las esporas que continúan el ciclo. Llegar a la casa de Del Valle fue rápido. Era tarde y Santiago se veía agotada, pero limpia. Una vez adentro, y pronunciados los saludos de rigor, cruzó su mirada con Del Valle, quien con disimulo apuntó a la pieza contigua con su cabeza. Habían bajado su esposa y sus hijas, quienes interrogaban a Lía acerca de su viaje y de los amigos que había dejado en Sao Paulo. Una vez en la pieza contigua, Del Valle golpeó a Rogelio con una risotada, y cerrando un ojo le dijo que se había equivocado al preparar dos habitaciones para sus invitados. Rogelio sonrió forzadamente, con una mueca que Del Valle comprendió inmediatamente.
La mayor de las hijas de Del Valle se llamaba Ema. Era una chica menuda, no muy alta, y con cabello negro, rizado y abundante. Tenía poco más de 25 años y, como su padre, pintaba. Estaban preparando juntos un proyecto para presentar en la Bienal de Arte, así que Ema se estaba quedando en la casa materna por algunas semanas. Al entrar, Rogelio no se había fijado en ella, pero al volver al living junto a Del Valle, después de haberle entregado su lienzo y haberse puesto al día de sus respectivos proyectos, la vio, mientras ella mirando a Lía, enredaba el dedo índice en sus cabellos con la cabeza ligeramente torcida. Su cuerpo le pareció impresionante. Las manchas de pintura que llevaba en su overol fueron lo que le hizo poner atención. Eran rítmicas, y bajaban de su cintura a sus rodillas, como si tras cada pincelada necesitara mancharse con el pincel. Como si trabajando, sintiera ansias por enmarcar sus genitales. Pasaron al comedor. Aurora, la esposa de Del Valle, en su apuro, había olvidado que sus invitados cenarían en casa, por lo que había pedido un par de pizzas. Entre el vino y la conversación, pronto notaron que Rogelio estaba cansado. Aurora, una abogada mediocre de familia rica, trabajaba en el Ministerio de Cultura y estaba muy preocupada de que Lía le contara cual era su agenda para los próximos días. Lía, despreocupada, en vez de responderle, interrogaba a Ema acerca del proyecto en el que trabajaba con su padre. Rogelio de excusó y se fue a su habitación. Estaba cansado y triste. Y se sentía mal por haber despreciado a Lía en el avión. Un par de horas después, cuando estaban ya todos durmiendo, Rogelio abrió con cuidado la puerta de la habitación de Lía. Se sentía solo, y quería compensarla por lo del avión. Pero Lía no estaba sola. Ema se le había adelantado, y ya no había espacio en la cama.

abril 10, 2007

Julian Vreden

Hace unos cuarenta años los periódicos Nueva York divulgaron la noticia de una tragedia familiar, conmovedora pero nada extraordinaria. Un hombre de mediana edad y su mujer habían permanecido calladamente en casa la noche de Año Nuevo para consumar un pacto suicida. Los encontraron a los dos tendido en la pieza principal, y a su lado dos copas de champán vacías. En el fregadero de la cocina había una botella de champán vaciada a medias, y una pequeña cantidad de cianuro que habían disuelto en le vino para las libaciones de la fiesta. No se halló ninguna nota aclaratoria.
Los Vreden eran ambos empleados del Consejo de Instrucción Pública de la Ciudad de Nueva York. Tenían un hijo, Julian, que no había cumplido los veinte años; había dejado la Universidad de Columbia para continuar sus estudios en Florida. La policía debió sospechar de él desde el principio, pero no se apresuraron en actuar. El joven Vreden cobró el seguro de la póliza de su padre, y luego cometió la imprudencia de visitar con su amigo Mark de Miami la sala de ventas, en Park Avenue, de una concesionaria de autos importados. Hizo el pago inicial por un Aston-Martin particularmente llamativo.
Para entonces los dos jóvenes se habían instalado en el apartamento de los difuntos Vreden. Ambos habían abandonado la universidad, sin dar muestra de querer continuar con sus estudios. La policía llegó a verlos, y sin dificultad consiguieron que Julian reconociera que era él quien había administrado los letales combinados de champán. Es más, les hizo ver que consideraba haber tenido plenamente razón en hacerlo.
Su versión, confirmada por parientes y vecinos (todos los cuales mantuvieron hacia él una actitud decididamente incompasiva) puso en evidencia un caso de persecución continua y a largo plazo por parte de los padres. En vez de alegrarse de que su hijo ocupara el tiempo libre en lecturas, daba vivas muestras de desprecio por sus intereses literarios. La razón: Julian leía poesía. Esto era imperdonable. La madre tenía la costumbre de asomarse a su cuarto y gritar "¡Mírate al gran mariquita con sus poemas!". Y su padre, mirándolo con aversión, se lamentaba: "¡Vaya maricón que nos salió!". Estos ataques constantes, año tras año, no surtieron otro efecto en el muchacho que el de hacerle aumentar de un modo provocativo el número de poemarios con que llenaba su cuarto.
El traslado desde Columbia a la Universidad de florida resultaba conveniente desde todos los puntos de vista. La distancia física entre ellos debió de servir para mitigar algún tanto el permanente estado de enemistad entre padres e hijo; de otra manera, la sorpresiva llamada telefónica la víspera del Año Nuevo y la subsiguiente visita habrían sido impensables. Tal vez los Vreden creyeron que su hijo había cambiado, y se vieron alentados con la perspectiva de un posible armisticio.
Julian entró solo en el apartamento, después de ponerse de acuerdo con su amigo Mark para que aguardara en el corredor hasta que le abriera la puerta. Traía consigo una botella de Piper Heidsieck, que descorchó en la cocina y compartió con sus padres, no sin pronunciar las clásicas palabras acerca de su prosperidad para el año próximo. luego tomó las copas vacías y regresó a la cocina para llenarlas de nuevo, esta vez con la adición de cianuro. Cuando trastabillaron y cayeron al suelo, Julian fue a abrir la puerta de servicio y dejó entrar a Mark en la cocina. Fue entonces cuando el señor Vreden, al levantar los ojos y ver la cara desconocida que sonreía con complacencia detrás de su hijo, profirió las únicas palabras que Julian recordaba haberle oído decir durante el trance: "Dios mio, ¿y ése quién es?".
Cuando ambas víctimas hubieron muerto, Julian y Mark empujaron los cuerpos para acercarlos el uno al otro, limpiaron por fuera las dos copas, que colocaron junto a ellos en la alfombra, lavaron y guardaron la tercera copa, y dejaron el apartamento silencioso en la noche de Año Nuevo. Volaron de regreso a Miami inmediatamente.
El caso no alcanzó mayor publicidad: había pasado demasiado tiempo entre los homicidios y la acusación formal. Julian y Mark fueron condenados a reclusión perpetua en un hospital para criminales dementes en Nueva Jersey. ¿Criminal? Sí. ¿Demente? Probablemente no. El deseo de vengarse de las injusticias cometidas contra uno no puede considerarse como un signo de demencia. La historia de Julian Vreden es un cuento de venganza clásica y característicamente norteamericano.
Paul Bowles Palabras Ingratas Alfaguara, Madrid, 1998